18 de noviembre de 2017

Genero Mental - Filosofia Hermetica Parte II


Los instructores herméticos imparten enseñanzas concernientes a este punto, pidiendo a sus discípulos que se atengan al proceso de su propia conciencia, a su propio yo.
El discípulo fija entonces su atención internamente sobre el ego que está en cada uno de nosotros.
Cada estudiante ve que su propia conciencia le da como primer resultante de la existencia de su yo: «Soy Yo y yo».
Esto, al principio, parece ser la palabra final de la conciencia, pero un examen ulterior desprende el hecho de que esto «yo soy» puede separarse en dos partes distintas o aspectos que, si bien trabajan al unísono y en
conjunción, sin embargo puede ser separadas en la conciencia.
Si bien al principio parece que sólo existe un único Yo, un examen más cuidadoso revela que existe un «yo» y un «mí».
Este par mental difiere en características y naturaleza, y el examen de esta, así como de los fenómenos que surgen de la misma, arrojan gran luz sobre muchos de los problemas de la influencia mental.
Comencemos considerando el «mí», que generalmente se confunde con el «yo», si no se profundiza mucho en los recesos de la conciencia.
El hombre piensa de sí mismo (en su aspecto de «mí» o «me») como si estuvieran compuesto por ciertos sentimientos, agrados, gustos, y disgustos, hábitos, lazos especiales, características, etc., todo lo cual
forma su personalidad, o el ser que conoce él mismo y los demás.
El hombre sabe que estas emociones y sentimientos cambian, que nacen y mueren, que están sujetos al
principio del Ritmo y al de la Polaridad, cuyos principios lo llevan de un extremo a otro.
También piensa de sí mismo como cierta suma de conocimientos agrupados en su mente, que forman así una parte de él.
Éste es el «mí» o «me» del hombre.
Pero quizás hemos precedido demasiado aprisa.
El «mí» de muchos hombres está compuesto en gran parte de la conciencia que tiene de su propio cuerpo y de sus apetitos físicos, etc.
Y, estando su conciencia limitadas en alto grado a su naturaleza corporal, prácticamente «viven allí». Algunos hombres van tan allá en esto que consideran su apariencia personal como parte de su «mí», y realmente la consideran parte de sí mismo.
Un escritor dijo con mucho humorismo en una oportunidad que el hombre se compone de tres partes: «Alma, cuerpo y vestidos».
Y esto haría que muchos perdieran su personalidad si se les despojara de sus vestidos.
Pero, aun aquellos que no están tan estrechamente esclavizados con la idea de su apariencia personal, lo están por la conciencia de sus cuerpos.
No pueden concebirse sin él.
Su mente les parece que es algo «que pertenece» a su cuerpo, lo que, en muchos casos, es realmente cierto.
Pero conforme el hombre adelanta en la escala de la conciencia, va adquiriendo el poder de desprender a su «mí» de esa idea corporal, y puede pensar de su cuerpo que es algo «que pertenece» a su propia parte mental.
Pero aun entonces es muy capaz de identificar el «mí» completamente con sus estados mentales, sensaciones, etc., que siente existen dentro de él.
E identificará esos estados consigo mismo, en vez de estimarlos como simples «cosas» producidas por su mentalidad, existentes en él, dentro de él y proviniendo de él, pero que, sin embargo, no son él mismo. Puede comprobar también que esos estados cambian mediante un esfuerzo volitivo, y que es capaz de
producir una sensación o estado de naturaleza completamente opuesta de la misma manera, y, sin embargo, sigue existiendo siempre el mismo «mí».
Después de un tiempo, podrá así dejar a un lado esos diversos estados mentales, emociones, sentimientos,
hábitos, cualidades, características y otras posesiones personales, considerándolas como una colección de cualidades, curiosidades o valiosas posesiones del «no mí».
Esto exige mucha concentración mental y poder de análisis de parte del estudiante.
Pero ese trabajo es posible, y hasta los que no están muy adelantados pueden ver, en su imaginación, como se realiza el proceso descrito.
Después de realizado ese ejercicio el discípulo se encontrará en posesión consciente de un «Ser» que puede ser considerado bajo su doble aspecto del «yo» y de «mí».
El «mí» se sentirá como algo mental en lo que pueden producirse los pensamientos, ideas, emociones, sentimientos y otros estados mentales.
Puede ser considerado como si fuera la «matriz mental», según decían los antiguos, capaz de generar mentalmente.
Este «mí» se denuncia a la conciencia poseyendo poderes de creación y generación latentes, de todas clases.
Su poder de energía creadora es enorme, según puede sentirlo uno mismo.
Pero, a pesar de todo, se tiene la conciencia de que debe recibir alguna forma de energía, bien del mismo «yo», inseparable compañero, o bien de algún otro «yo», a fin de que así pueda producir sus creaciones mentales.
Esta conciencia aporta consigo una realización de la enorme capacidad de trabajo mental y de poder creador que encierra.
El estudiante encuentra pronto que no es todo lo que hay en conciencia íntima, pues ve que existe un algo mental que puede «querer» que el «mí» obre de acuerdo con cierta línea creadora y que, sin embargo, permanece aparte, como testigo de esa creación mental.
A esta parte de sí mismo se le da el nombre del «yo».
Y puede reposar en su conciencia a voluntad.
Allí se encuentra, no una conciencia de una capacidad de generar y crear activamente en el sentido del proceso gradual común a las operaciones mentales, sino más bien de la conciencia de una capacidad de proyectar una energía del «yo» al «mí»: «Querer» que la creación mental comience y proceda.
También se experimenta que el «yo» puede permanecer aparte, testigo de las operaciones o creaciones mentales del «mí».
Este doble aspecto existe en la mente de toda persona, el «yo» representa al Principio Masculino del género mental, y el «mí» al Principio Femenino.
El «yo» representa el aspecto de Ser; el «mí» el aspecto de «devenir».
Se notará que el principio de correspondencia opera en este plano lo mismo que en el que se realiza la creación del Universo.
Los dos son parecidos, si bien difieren enormemente de grado.
«Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba».
Estos aspectos de la mente —los principios masculinos y femeninos— el «yo» y el «mí» —considerados en relación con los fenómenos psíquicos y mentales ya conocidos—, dan la clave maestra para dilucidar la operación y manifestación de esas nebulosas regiones de la mente.
El principio del género mental aporta la verdad que se encierra en todo el campo de los fenómenos de influencia mental.



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