16 de noviembre de 2017

El Todo» En Todo - Filosofia Hermetica - Parte III


Al final de innúmeros ciclos de eones de tiempo el Todo retira su atención (contemplación) o meditación del Universo, porque la Gran Obra ha terminado, y todo queda absorbido en Él de quien otrora emergiera.
Pero el misterio de los misterios es que el Espíritu de cada alma no queda aniquilado, sino que se expande infinitamente, sumergiéndose uno en otro el Creador y el Creado.
Ésa es la voz de la iluminación.
La iluminación expuesta sobre la meditación y el subsiguiente despertar de ella del Todo no es, por supuesto, más que un intento de descripción del proceso infinito, mediante un ejemplo finito.
Pero, no obstante: «Como es arriba es abajo».
La diferencia es sólo de grado. Y así, como el Todo se despierta de su meditación sobre el Universo,
así también el hombre (a su debido tiempo) cesará de manifestarse sobre el plano material y se irá retirando cada vez más en el espíritu Interno, que, ciertamente, es el «Ego Divino».
Hay otra cosa más de la que deseamos hablar en esta lección, y esto llega muy cerca del campo metafísico de especulación, aunque nuestro propósito es simplemente el mostrar la futilidad de tal especulación.
Aludimos a la pregunta que inevitablemente se presenta ante la mente de todos los pensadores que se han aventurado a buscar la Verdad, la pregunta es: ¿Por qué creó el  al Universo? Esta pregunta podrá ser formulada en diferente forma, pero su esencia es siempre la misma.
Mucho han luchado los hombres para contestársela, pero aún no se posee respuesta alguna que merezca ese nombre.
Algunos se han imaginado que el Todo ganaría algo con ello, pero eso es absurdo, porque ¿qué es lo que podrá obtener el Todo que ya no posea?
Otros dicen que el Todo desea amar a algo, o que lo había creado para divertirse, o porque estaba silo, o para manifestar su poder.
Pero todas esas respuestas son pueriles e infantiles y pertenecen a la primera infancia del pensamiento.
Algunos han tratado de explicar el misterio presumiendo que el Todo se vio «compelido» a crear, en razón de su «naturaleza interna», o su «instinto creador».
Esa idea, si bien representa un adelanto sobre las otras, tiene un punto débil. Si su «naturaleza interna o instinto creador» lo impulsara a hacer algo, entonces la naturaleza interna o instinto creador sería el Absoluto, en vez del Todo, y de ahí que la proposición falle por su misma base.
Sin embargo, el Todo crea y se manifiesta y parece encontrar cierta satisfacción al hacerlo. Y es muy difícil escapar a la conclusión de que en algún grado infinito tendría que tener algo que correspondiera a una naturaleza interna o instinto creador en el hombre, con un deseo y Voluntad correspondientemente infinito.
No podría obrar si no quisiera hacerlo, no podría hacerlo a menos que lo deseara, y no lo desearía si no obtuviera con ello una satisfacción. Y todas estas cosas pertenecerían a una Naturaleza interna, y podría postularse su existencia de acuerdo con la Ley de Correspondencia, tanto interna como externa.
Éste es el problema que yace en la raíz misma de la dificultad y la dificultad que se encuentra en la misma raíz del problema.
Estrictamente hablando, no puede decirse que haya ninguna «razón» para obrar, porque una razón implica una causa, y el todo está por encima de la causa y del efecto, salvo cuando su voluntad misma se convierte en una causa, en cuyo momento el principio se pone en movimiento. De manera, pues, que no puede pensarse en el mismo asunto, porque como el mismo Todo es incognoscible.
Así como nos vemos obligados a decir simplemente: El Todo Es, así también sólo podemos decir que el Todo Obra Porque Obra. Y, en último término, el Todo es la razón en sí misma, y puede decirse en verdad que Él es su propia razón, su propia ley; su propio acto, mejor aún: Que el Todo, su
razón, su acto y su ley, son uno, siendo las palabras diferentes nombres de la misma
cosa.
En opinión de los que esto escriben, la respuesta se halla encerrada en el íntimo ser del Todo, en su ser secreto.
La Ley de correspondencia, en nuestra opinión, sólo llega al aspecto del Todo que denominamos el aspecto de devenir o de estado. Tras ese aspecto está el de ser, en el cual todas las leyes se pierden en la Ley, todos los principios en el Principio y el Todo, el Principio y el Ser, son idénticos, uno y lo mismo.
Por consiguiente, toda especulación metafísica sobre el punto es fútil. Si nos ocupamos aquí de la cuestión es sólo para mostrar que, si bien reconocemos el hecho, reconocemos también lo absurdo de las respuestas dadas por metafísicos y teólogos.
En conclusión, podrá ser de interés para los estudiantes el saber que en tanto que algunos de los antiguos y modernos instructores herméticos se inclinan más bien a aplicar el Principio de Correspondencia a la cuestión, que da por resultado la «naturaleza interna», la leyenda dice que Hermes, el Grande, cuando le fue hecha esa pregunta por algunos de sus más avanzados estudiantes, contestó apretando los labios fuertemente y no diciendo una palabra, como si indicara que no había respuesta. Pero también puede ser que quisiera aplicar el axioma de esta filosofía que dice que «los labios de la Sabiduría permanecen cerrados, excepto para los oídos del entendimiento», en la
creencia de que aún sus más aventajados discípulos no poseían la comprensión necesaria
que los calificara para esa enseñanza.
De cualquier manera, si Hermes poseyó el Secreto no lo comunicó, y por lo menos en lo que al mundo concierne los labios de Hermes están cerrados al respecto.
Y si Hermes el Grande vaciló en hablar, ¿quién sería el osado mortal que tratara de enseñarlo?
Pero, recordémoslo, cualquiera que sea la respuesta de este problema, si es que hay alguna, la verdad es que: «Si bien es cierto que todo está en el Todo, no lo es menos que el Todo está en todas las cosas».
La proposición en este punto es enfática. Y, para terminar, repetiremos las palabras de la cita: «El que comprenda esto debidamente, ha adquirido gran conocimiento».


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