9 de noviembre de 2017

El Tarot - Historia y Sus Datos - Recostruccion Historica -


La Historia y sus Datos

Se atribuye a Curt de Gébelin, en su monumental obra Monde Primitif (1781), la primera descripción escrita del juego de Tarot; también podría atribuírsele la responsabilidad de su leyenda, lanzada tan espontánea como gratuitamente. 
En el tomo VIII de Monde, Gébelin asegura que el Tarot sería nada menos que él «único libro sobreviviente de las dispersas bibliotecas egipcias», aunque no aporta la menor prueba en defensa de su arriesgada teoría. 
Mérito de Gébelin fue, sin duda, reparar por primera vez en la riqueza simbólica de las láminas, que descubrió por casualidad en la Camargue, donde los vaqueros las utilizaban para un rústico sistema de adivinación. 
Pero el destino de estas literaturas es a menudo equívoco y contradictorio: a Gébelin se lo recuerda menos por esta perspicacia que por su desmesurada ficción, ya que aquélla necesitó de las investigaciones contemporáneas para resurgir
en toda su agudeza, mientras que la teoría egipcia gozó desde su lanzamiento de un siglo y medio de reiterado fervor. 

Seguramente contribuyó a esta superchería el clima de la época, el gusto por los disfraces caprichosos que caracterizó al ocultismo de salón. 
El hecho es que tras las huellas del autor de Monde Primitif puede citarse a una constelación de ágiles embaucadores, a cuyo frente merece figurar Etteilla, reconstructor de un Tarot galante y arbitrario, que tuvo sin embargo la fortuna de convertirse en naipe favorito de los adivinos, y fue usado por los más célebres de ellos incluida la deslumbrante
mademoiselle Lenormand. 
Etteilla -que en realidad se llamaba Alliette, y fue peluquero de la aristocracia francesa hasta el encuentro de su definitiva vocación- se convirtió rápidamente en el pope de la cartomancia, y desorbitó las presunciones de Gébelin en numerosos escritos, en los que proclamó al Tarot como al libro más antiguo del mundo, obra personal de Hermes-Thot en la remota infancia de la humanidad. 
Un paso más allá se arriesgó Christian (Histoire de la Magie, 1854), imaginando las
ceremonias de iniciación en el templo de Memphis, que habrían estado presididas por los veintidós arcanos, cada uno de los cuáles equivalía a una llave de la revelación. 
Cuando la ruina faraónica, este compendio de conocimientos supremos habría pasado a los pitagóricos y los gnósticos, quienes a su vez lo dejaron en herencia a los alquimistas. 
Esta síntesis imaginativa de la prehistoria del Tarot, alcanzaría tiempo después su consagración por medio de Eduard Shuré, quien la repite puntualmente en Los grandes
iniciados, acaso el primer best-seller que produjera el ocultismo. 

Pero es a través de la obra de un sacerdote -increíble codificador de cuánto se conocía hasta entonces sobre ciencias ocultas- que el Tarot llegará al punto más alto de su prestigio mítico. El abate Constant, popularizado para el mundo bajo el seudónimo de
Éliphas Lévi, hace de él la columna vertebral y el conductor secreto de su libro capital (Dogme et Rituel de la Haute Magie, 1856). Lévi asegura que el Tarot no es otro que él «libro atribuido a Enoch, séptimo maestro del mundo después de Adán, por los
hebreos; a Hermes Trimegisto, por los egipcios; a Cadmus, el misterioso fundador de la Ciudad Santa, por los griegos», y desarrolla la teoría según la cual los arcanos consiguieron su envidiable supervivencia. 
El sabio cabalista Gaffarel, uno de los magos de la corte del cardenal Richelieu, habría probado que «los antiguos pontífices de Israel leían las respuestas de la Providencia en los oráculos del Tarot, al que llamaban Théraph o théraphims». Cuando la destrucción del Templo, en el año 70, él recuerdo de los théraphims originales acompañó al pueblo elegido en su destierro, y su simbolismo -ya que no sus formas- se transmitió por tradición oral durante siglos. Los cabalistas españoles habrían reconstruido las tabletas, en un momento que podría ubicarse alrededor del siglo XIII. 

Es evidente que el simbolismo de los arcanos se relaciona con grafismos primitivos y recurrentes, pero nada autoriza en la actualidad a pronunciarse por la continuidad histórica ideal que propone Lévi. 
Más coherente es atribuir la paternidad del Tarot al genio colectivo de los imagineros medievales, como sugiere Wirth, quienes dotaron de la bella forma que conocemos a un conjunto simbólico disperso, al que los siglos, el conocimiento iniciático de las corporaciones, la casualidad y el trabajo de reconstrucción de los eruditos de los últimos doscientos años, acabó por convertir en el rutilante mazo de 78 naipes que se conoce bajo el nombre de Tarot de Marsella.




Reconstrucción histórica

Se dice que Dios enseño primero los secretos de la existencia a los arcángeles superiores, que formaban un consejo interno en la Corte de Todopoderoso. 
Esta versión cristiana de la Enseñaza indica que el Creador dicta las leyes que gobernaran la Creación. 
Estas se basan, según la Cábala, en los diez Sefirot, Atributos Divinos o Manifestaciones del Absoluto, cuya existencia, fue dispuesta con el fin de que Dios pudiese contemplar a Dios. (Biblia de Holkham, Inglaterra, siglo XIV.)




Según la tradición, Melchizedek el Rey de los Justos y de Salem, y sacerdote del Altísimo, inicio a Abrahán en el conocimiento de las enseñanzas esotéricas en lo que concierne al hombre, al universo y a Dios.

La invención del Tarot, es inseparable de la historia de los juegos de cartas. 
Bien porque las variantes de naipes en uso descienden de su versión más completa, bien porque los arcanos se hayan agregado en algún momento a la inocencia de la baraja para
disimular su filiación esotérica. 
Para Roger Caillois, nuestra baraja desciende del naipe islámico y del chino (las carticellas educativas italianas, habrían tomado de éste último «el simbolismo racional y cívico»), los que a su vez serían herederos del
Dasavatara indio, aunque no hayan adquirido formalmente nada «de la lujuriosa mitología de la India». 
El Dasavatara, que suele encontrarse aún en la India contemporánea, se compone de diez series o palos de doce cartas cada uno, correspondientes a las diez encarnaciones o avâtaras de Vishnu, e ilustradas con sus símbolos. 
La iconografía de estas 120 cartas, suele variar según los centros de fabricación. 
Cada serie -siguiendo la descripción de Caillois- comprende dos figuras (el rey y el visir) y diez cartas de puntos, numeradas del uno al diez. En las cinco primeras series, el orden de las cartas numeradas es ascendente, de uno a diez, siendo el uno la más baja, en las cinco últimas el orden es inverso, correspondiendo al uno o as el mayor valor. Las series son emblemáticas como las de nuestra baraja, aunque su mayor número y la variedad iconográfica apuntada dificultan el paralelo.

Entre las más usadas podrían anotarse, sin embargo, los peces, tortugas, conchas, discos (equivalentes a los oros), lotos, cálices, vasijas (copas), hachas, arcos (bastos y espadas). «Algunos juegos -concluye Caillois- representan escenas donde intervienen de
uno a diez personajes, según el valor de la carta: un fumador solitario, dos hombres en trance de discutir, una dama y su sirvienta visitando a un santón (...), una muchacha bailando delante del rey y tres cortesanos, etc.» 

Para el británico Roger Tilley (Cartes a jouer et tarots), hay un curioso paralelo entre la representación del dios híbrido Ardhanari (cuya mitad izquierda es Shiva, y la derecha la Shakti Devi) y las series de la baraja: la mitad Shiva sostiene una copa, y la mujer
una espada. 
Podría agregarse que el anillo de Devi alude al oro, y el eje vertical del andrógino al carácter de cetro que se atribuye al basto. 
El ejemplo es un tanto excesivo, pero sirve para destacar la esencia referencial de toda simbología: integrado a sistemas de creciente complejidad, el símbolo no sólo no pierde su fuerza evocadora, sino que la acrecienta. 
Puestos a descubrir paralelismos de este tipo, es probable que el desmonte de un sólo sistema se convirtiese en una tarea inagotable. 

Más estrictamente, se intentará aquí una cronología probable de los juegos de cartas -en alguno de cuyos puntos debe encontrarse el ubícuo nacimiento del Tarot- los datos más comprobables o citados con mayor frecuencia por los especialistas. 

1120 - Hacia esta fecha ubica Tilley la invención de las cartas, confeccionadas por encargo de Huei-Song, emperador de la China, para distraer los ocios de sus numerosas mujeres. El americano Stewart Culin, apoya también esta tesis. Ambos deben referirse al «texto desgraciadamente tardío y sin autoridad» que menciona Caillois en su descripción del juego denominado Mil veces diez mil. A pesar de su nombre, el juego -debido al ingenio de un oficial de la corte- no contaba con más de treinta tabletas de marfil, divididas en tres series de nueve naipes cada una, y tres triunfos fuera de serie (uno de ellos titulaba el mazo, y los dos restantes eran llamados La Flor Blanca y La Flor Roja). Algunas de estas cartas estaban relacionadas con el Cielo, otras con la Tierra, ciertas con el hombre, y el mayor número de ellas con nociones abstractas como la suerte o los deberes del ciudadano. Marcadas con diversas señales combinables entre las series, el total de estas marcas equivalía al número de las estrellas. «El juego era entonces un microcosmos -acierta Caillois- un alfabeto de emblemas capaz de cubrir el universo.» 

1227 - Viajeros franceses informan que los niños italianos eran «instruidos en el conocimiento de las virtudes, con unas láminas que ellos denominan carticellas». 

1240 - El Sínodo de Worcester prohíbe a los clérigos «el deshonesto juego del Rey y de la Reina», frase que puede referirse a las cartas, al ajedrez, o a alguna otra moda frívola acaso menos inocente. Por aquella época Ramón Llull (1235-1315) habría conocido
los veintidós arcanos, según afirma Oswald Wirth. 

1299 - El Trattato del governo della familia di Pipozzo di Sandro, manuscrito sienes fechado en este año, menciona la existencia de los «naibis». Parece ser la más antigua referencia a las cartas en manuscritos occidentales. 

1332 - Alfonso XI de Castilla, El Justiciero, recomienda a sus caballeros se abstengan de los juegos de cartas. 

1310/1377 - Varias referencias a los naipes, en Alemania, propagadas por la soldadesca que acompañara a Enrique VII de Luxemburgo -efímero emperador germánico- durante sus campañas italianas. En 1329, el Obispo de Wurzburg firma un interdicto
condenando estos entretenimientos. El «juego de las páginas y figuras», es reprobado en los estatutos de varios monasterios italianos. El Abad de Saint Germain no menciona, sin embargo, las cartas, en las Instrucciones a los clérigos, de 1363, ni sé las
incluye en la prohibición de practicar «toda clase de juegos de dados o de mesa, como el ajedrez y las damas», en el decreto firmado en 1369 por Carlos V de Francia.




1377 - El padre Johannes, un sacerdote alemán de cuya identidad sólo se conserva la firma, estampada a la cabecera de un vasto informe redactado en latín (colección del British Museum), asegura que «un cierto juego, llamado de los naipes, ha aparecido entre nosotros este año. 
Este juego describe a la perfección el estado actual del mundo. 
Pero ¿cuándo, por quién y en qué lugar ha sido ingeniado este juego? Esto es algo que ignoro totalmente...» 
Más adelante cita seis tipos diferentes de baraja, entre los que hay una compuesta por 78 láminas. 
Acaso es el Tarot, aunque faltan todavía algunos años para la aparición de la copia más antigua que ha llegado hasta nosotros. 

1379 - Una crónica de Viterbo hace mención a «il gioco delle carte che in saracino parlare si chiama nayb». Nayb, de donde derivarán «naibis» y naipes, es el singular del indostano nabab (virreyes, lugartenientes, gobernadores): esta etimología es una de las pruebas que corrobora, para la mayoría de los especialistas, el origen oriental de las cartas, introducidas seguramente en Europa por los comerciantes italianos. 
En el mismo año, los duques Jeanne y Wenceslas adquieren un juego de cartas a la firma
Ange van der Noot, de Bruselas, según consta en una factura hallada en 1870 por Alexandre Pinchart, en los archivos del ducado de Brabante. 

1381 - Una minuta del notario Laurent Aycardi, fechada en Marsella el 30 de agosto de este año, da cuenta de la existencia de un juego de naipes entre los bienes de la herencia dejada por uno de sus clientes. La referencia en el inventario, al lado de muebles,
joyas y otros bienes, puede dar idea del alto valor que tenían por entonces estas colecciones iluminadas, hechas a mano y en tirada singular. 

1392 - «A Jacquemin Gringonneur, pintor, por tres juegos de cartas dorados y en diversos colores y divisas, hechos para el esparcimiento de nuestro infortunado rey Carlos VI» consta, de puño y letra del tesorero, en el Registro de las Cuentas Reales de
Carlos VI de Francia. De allí parte la hipótesis -falsa, pero muy popular en Francia, y repetida por casi todos los historiadores hasta el siglo pasado- de que las cartas se inventaron para distraer la locura del rey, quien por entonces pasaba una de las más
graves crisis de su enfermedad, no reconocía a sus familiares, y se encerraba a disputa interminables partidas con su favorita Odette de Champ Divers (Juan Bautista Weiss, Historia Universal;). 
Lo que sí cabe señalar de estos naipes, es que son los más antiguos tarots que se conservan, y el artesano Gringonneur debe a ellos su perdurabilidad. 
Es evidente que no son originales, sino copia o refundido de otros juegos más antiguos, pero ofrecen por primera vez la totalidad de las 78 láminas, incluyendo los 22 arcanos fuera de serie y color, que debieron desconcertar los entusiasmos lúdicos del desdichado Carlos VI. 

1393 - El moralista y educador italiano G. B. Morelli, recomienda las láminas de los naibis como «instructivas y provechosas» para la educación de los niños. 
Parece lógico concluir que eran aún piezas singulares, aplicadas más a la representación de repertorios enciclopédicos que al juego. 
La difusión del grabado en madera, la creación de las corporaciones italianas de «pintores de cartas», y la liberalidad de la corte francesa de Carlos VI, popularizarán esta última función en las primeras décadas del siglo siguiente. 

1398 - Primeras referencias de la llegada de los gitanos al cuadrilátero de Bohemia; se extenderían por Suiza e Italia en veinte años más, para llegar a España circa 1427. Gérard van Rijneberk ha demostrado que no fueron los introductores de las cartas en Europa, ni los inventores del Tarot, como se creyó durante mucho tiempo. 
No es seguro, en cambio, que no hayan sido los primeros en descubrir sus posibilidades cartománticas. 

1415 ó 1430 - En una de estas dos fechas Filippo María Visconti, duque de Milán, paga 1.500 piezas de oro por un solo juego de naipes «iluminados a mano». 
Es el más antiguo Tarot italiano que ha llegado hasta nosotros. 

1419 - Muerte de Francesco Fibbia, admitido como inventor de las cartas de juego. 
Los reformadores de la ciudad de Bologna le reconocieron, como creador del tarocchino, el derecho a estampar su escudo de armas sobre la reina de bastos, y el de su mujer,
una Bentivoglio, sobre la reina de oros. 

1423 - San Bernardino de Siena lanza, en Bologna, un furibundo ataque contra los juegos de naipes y de dados. 
Por esta fecha, poco más o menos, ha culminado la actividad de «les imagiers du moyen age» quienes, al decir de Wirth, son los creadores formales del Tarot. 
Veinte años después, los pintores italianos se quejan de la difusión extraordinaria de estos toscos grabados, que acabará por extinguir el floreciente negocio de las barajas iluminadas. 

1545 - Un tratado anónimo -citado por Caillois- propone esta explicación para el simbolismo de las series: «Las espadas recuerdan la muerte de aquellos que se desesperan con el juego; los bastones indican el castigo que merecen los que trampean; los oros muestran el alimento del juego; las copas, en fin, el brebaje por el que se apaciguan las disputas de los jugadores.» 

1546 - Guillaume Postel (1510-1581; realizó dos extensos viajes por Oriente que, en opinión de Wirth, «le aportaron una suerte de ciencia universal») publica Clavis absonditorum, en donde establece la relación entre Taro, Rota o Ator con las cuatro letras del Tetragrammaton, o Nombre de Dios. 
Es acaso la más antigua referencia al simbolismo elíptico del Tarot, y sin duda el primer intento de una explicación esotérica de su nombre. 

1590/1600 - Aboul Fazl Allami describe un juego de 144 cartas, en doce series de doce. Abkar lo reduce a 96 cartas; es decir, a 8 series. 
El italiano Garzoni escribe una minuciosa descripción del Tarot, que responde enteramente a la de nuestro actual Tarot de Marsella. Caillois interpreta que por entonces se había llegado a la madurez de «un lenguaje jeroglífico universal», con símbolos paganos y cristianos, eruditos o populares, donde «lo esencial era obtener una totalidad que contuviera al universo». 

1622 - Pierre de l'Ancre publica L'incredulité et mescréance du sortilege plainement convaincue..., en donde hace esta pueril referencia a la cartomancia: «es una forma de adivinación de ciertas personas que toman las imágenes y las ponen en presencia de determinados demonios o espíritus que ellos han convocado, a fin de que estas imágenes les instruyan sobre las cosas que ellos desean saber». 
Las carticellas educativas se habían metamorfoseado en naipes de juego, y éstos devenían el más flamante y popular de los métodos adivinatorios.

Para Luc Benoist, hay un movimiento intermedio -durante el XVIII francés- que liga al romanticismo alemán con los platónicos del Renacimiento (Marsilio Ficino, Pico de la Mirándola, Giordano Bruno, Campanella) asegurando la continuidad del pensamiento
esotérico en la Europa occidental. 
Movimiento de transición, y con frecuencia «más místico que iniciático», naufragará posteriormente en la gran confusión masónica y rosacruz. Uno de sus representantes, Claude de Saint-Martin, será, sin embargo, el único que por aquella época coincida con el inspirado Curt de Gébelin, intuyendo en el Tarot algo más que un inocente pasatiempo. 
Si bien Saint-Martin está lejos de divulgar las fantasías egipcias de sus predecesores, parece cierta su influencia en la formación de los ocultistas del XIX, principalmente en Christian y Éliphas Lévi. 
A partir de este último habrá que distinguir dos líneas entre los historiadores del Tarot: una conducirá al charlatanismo desembozado de Gérard Encausse, quien bajo el seudónimo de doctor Papus dedicará al tema dos libros de vasta difusión (Tarot des Bohémiens y Le Tarot divinatoire), divulgados profusamente en los años previos a la Primera Guerra Mundial; la otra, pasando por el magisterio de Joséphin Péladan (quien creó el primer método simbólico de lectura) y Stanislas de Guaita, llegará a Oswald Wirth. 
El Wirth de la madurez, sobre todo, no parece merecer la crítica con que Aimé Patri («Un monde intelligible d'images », Critique, n.° 84, mayo de 1954) lo descalifica:
«EI Tarot de Oswald Wirth -dice Patri- con sus figuras tan graciosas, o el de Papus, con sus imágenes particularmente horribles, constituyen innovaciones debidas a la fantasía personal de sus autores, puestos en la necesidad de justificar sus interpretaciones.» 

Si la obra de Wirth se resiente frecuentemente de excesos imaginativos, no es menos cierto que se trata del libro más serio y documentado que haya sido escrito por un ocultista, y que sigue siendo el indispensable punto de partida para toda investigación o
comentario sobre el Tarot. 
Más completas o más rigurosas, deben mucho a Wirth obras como las de Paul Marteau o Gérard van Rijneberk, en la década de los cuarenta, y la aguda recapitulación de materiales sobre el tema, realizada por Gwen Le Scouézec
en 1965. 


Fuentes
Editorial Aguilar
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