9 de noviembre de 2017

El Tarot de Marsella -



Fautrier, un ilustrador marsellés de mediados del XVIII, diseñó lo que se podría considerar como la última edición del Tarot, modificada sólo en pequeños detalles -sospechosos de fantásticos en buena medida- por Stanislas de Guaita y Oswald Wirth. 
Pero es indudable que no es Fautrier el creador de esta vasta simbología, sino una suerte de codificador de lo que cuatrocientos años de artesanía colectiva pusieron entre sus manos.

Casi dos siglos antes del trabajo del marsellés, Garzoni conoció un Tarot poco menos que idéntico (las series eran denominadas monetae, xyphi, gladii y caducei, y al valet o sota se lo describía como El Viajero); al tarocchino, de Francesco Fibbia, sólo le faltan
16 cartas de menor importancia (del dos al cinco de cada palo) para gozar de parecida similitud, y el llamado «tarot de Besançon» presenta apenas una diferencia de tipo mitológico: el reemplazo de los arcanos II y V (La Sacerdotisa y El Pontífice), por la s
figuras de Juno y Júpiter.

Existen variantes más significativas, como el Minchiate florentino, que a mediados del siglo XV ofrecía una colección de 95 naipes, de los cuales cuarenta eran arcanos; o el juego denominado Trappola, al que no puede considerarse propiamente un Tarot ya que,
al margen de faltas menores (no tiene reinas, ni los números del tres al seis), carece de arcanos.

El más famoso de los competidores del Tarot es, sin duda, el atribuido a Mantegna (según Le Scouézec, sin fundamento), llamado también Cartas de Baldini. 
Son cincuenta arcanos, divididos en cinco series de diez naipes cada una, y su tendencia enciclopédica lo relaciona más con el carácter pedagógico del naipe chino (Mil veces diez mil), que con la evolución de la baraja occidental. 
Así, la primera de las decenas marca la jerarquía de las clases sociales (mendigo, sirviente, artesano, comerciante, gentilhombre, caballero, duque, rey, emperador y Papa); la segunda representa a las nueve musas, complementadas por Apolo; la tercera alude a las ciencias, y la cuarta a las virtudes. 
La quinta serie, finalmente, incluye los siete planetas, la octava Esfera, el Primer Móvil, y la Primera Causa. 
Wirth -que conoció dos ejemplares de las Baldini, de 1470 y 1485- asevera que su autor, neófito en materias esotéricas, intentó ampliar y mejorar por su cuenta un modelo de Tarot que le parecía insuficiente e incomprensible, rellenando estas supuestas carencias con concesiones a la filosofía de la época. 
Parece probable, ya que se conoce al menos la existencia del modelo diseñado por Gringonneur, con toda seguridad anterior a las Baldini.

Queda por mencionar el tardío y arbitrario tarot conocido como Gran Etteilla, exhumado (o más probablemente, inventado) por el peluquero Alliette. 
No se le toma en cuenta en ninguna de las investigaciones serias sobre el simbolismo del Tarot, pero fue con mucho el más divulgado y popular entre los adivinos de los últimos dos siglos, y todavía se lo cita como paradigma del misterio en la baja literatura ocultista.

«Recomendamos este juego, como un excelente entrenamiento para imaginar justamente», concluye Roger Caillois en su prefacio a la más reciente edición de Le Tarot des imagiers du Moyen Age, de Oswald Wirth. 
«Somos capaces de leer un alfabeto, pero incapaces de leer una imagen: es el triunfo de la letra muerta sobre la imaginación», se queja Wirth en un capítulo de su obra. 
Y más adelante: «Lo propio del simbolismo es permanecer indefinidamente sugerente: cada uno verá lo que su mirada le permita percibir».

Imaginación, juego, aventura personal. 
El Tarot cuenta la historia de alguien que está tratando de escribir la historia de lo que no se sabe. 
Planteada como una obra maestra del pensamiento analógico, la lectura de esta historia es interminable: no sólo por su carácter perpetuamente referencial, sino porque cada lector le convierte en otro libro cada vez que la mira.

Esta es acaso la razón fundamental para aproximarse en la actualidad a este libro que puede ser todos los libros. 
La gimnasia imaginativa que proporciona el Tarot, es personal e intransferible. 
Aún si se desprecian sus virtudes mánticas o su carácter iniciático; aún si se lo toma sólo como una colección de estampas organizadas según un modelo caprichoso: el poder sugeridor de ese modelo es tan apasionante, que justifica la existencia de todos los discursos y las tesis variadas que su misterio ha producido.

Esas páginas pueden consultarse, pero no son más que el prólogo a la experiencia individual que proporcionará el trabajo con el Tarot. 
Como casi todas las obras maestras de la imaginación humana, el Tarot tiene la ventaja y el defecto de comentarse a sí mismo.





Fuentes Consultadas
Editorial Aguilar
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